Todo lo que no te quise (II)

I.

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Conocí a Zelda en un momento de debilidad. Acababa de llegar hacía poco de una aventura transoceánica y suicida donde había sido tan feliz, que debería haberme dado cuenta de que buscar esa misma felicidad en otros rincones con tanta distancia de por medio era como tratar de agarrar el humo con las manos. Aprendemos a la fuerza que los amores no se sustituyen, que los agujeros se tapan con parches de distintos colores, hasta que llega alguien a hacerte daño, pero porque te quita las tiritas de golpe y sin avisar. Ese tipo de dolor que te pica en las tripas. También pienso que somos los únicos que nos haremos compañía en nuestro lecho de muerte, porque creo en la solidaridad del moribundo. El resto serán estatuas cuya media sonrisa irá torciéndose a medida que vayamos descendiendo a tres metros bajo tierra. Y así debe ser.

Hace tiempo que no me asustan los fantasmas que Zelda dejó esparcidos como bombas de racimo. Nunca quise que se hiciese cargo de nada, hasta que tuvo que hacerlo, y fue de mi insomnio, de mis ganas de darle las gracias a diario por no elegirme, por coger su maleta e irse sin decir nada y por las noches en las que me decía que no volvería a querer a nadie de esa manera, porque aunque fueron pocos, en esos momentos sentía que seríamos eternos, aunque no volviésemos a vernos. Siempre supe que mentía, pero me gustaba la idea de ser cómplice de un crimen tan excitante. A mí, alguien que siempre había pisado sobre seguro y que nunca se aventuraba a nada sin haberle dado mil vueltas, me encantaba como Zelda abría la puerta cuando llegaba del trabajo, dejaba pasar el aire y desordenaba todos mis papeles del escritorio. 

—¿Qué haces?— me preguntaba.

—Escribir —le respondía.

—¿Sabes?— me decía mirándome las manos. — Siempre has sabido perfectamente qué palabra elegir para desnudarme.

Zelda me admiraba. Lo notaba en su forma de hablar, de tocarme, en cómo me describía y en cómo poco después me abandonaría poseída por una envidia que siempre se interpuso entre nosotros. Nos convertimos en enemigos en el momento en el que ya no nos ayudábamos a ser mejores. Nuestro principio fue pasional, pero en el fondo creo que ambos sabíamos que nuestra historia acabaría mal y aún así nos quisimos hasta la enfermedad. Hay amores que nacen para ser armas de destrucción masiva. 

II.

Zelda había empezado a bailar cuando apenas tenía cinco años. Los voces rasgadas de los viejos vinilos de su padre acompañan los portazos que daba el señor Jones cuando se iba de casa y dejaba a su madre por los suelos envuelta en un mar de lágrimas. Bailar se había vuelto algo terapéutico para ella, porque mientras giraba sobre sus talones y se mareaba, la sensación de abandono pasaba a un segundo plano. Zelda se pasaba las noches durmiendo a los pies de la cama de su madre, mientras esperaba el sonido de un regreso que nunca le pillaba despierta. Su madre, entre tanto, se balanceaba entre los antidepresivos, y Zelda entendía que su Elizabeth Jones bailaba a su manera hasta perder la consciencia, como hacía ella misma. Nunca la culpó de nada de lo que ocurrió en su infancia, hasta que empezó a culparla de casi todo cuando tuvo uso de razón. 

Zelda tiene un hermano, o al menos, lo tenía. George siempre había vivido una existencia paralela a la de su hermana, y había sido objeto de carantoñas y palabras amables durante toda su vida. Zelda le respetaba hasta que también empezó a hacerle responsable de sus desvaríos. A mí siempre me llamaba la atención la forma que tenían de relacionarse, una hermandad fría, de papel, como si estuviesen representando una obra de teatro en la que ni ellos mismos se sabían sus líneas. Sus padres nunca habían sido buenos mentores, ya tenían suficiente con mantener sus propias apariencias aunque se odiasen mutuamente como lo hacían sus hijos. Crecieron en un ambiente hostil, pero siempre tuvieron claro que se mantendrían unidos. El odio, a veces, es un pegamento del que difícilmente podemos librarnos. Su hermano construyó una vida idílica junto a una mujer a su altura: sonrisa de medio lado, impenetrable, preciosa y falsa. Ambos tuvieron un par de hijos a los que dejaban con los abuelos, que no tenían ni voz ni voto en esa negociación. Tampoco a la hora de hacer las maletas y macharse sin mirar atrás. Aquello que al principio era algo puntual, se volvió habitual, por lo de no ejercer demasiado de padres por si se resentía la costumbre familiar. Eso sí, cuando tenían la oportunidad, se marchaban con sus hijos a la costa y condenaban a los padres de Zelda a una soledad que tampoco habían elegido. Al menos, el padre de Zelda no se quejaba de ello. Sin embargo, su madre se moría un poco más cada vez que cerraba la puerta tras ellos.

Siempre le dije a Zelda que uno no elige la familia que le toca y que tenía que aprender a quererlos de manera incondicional, porque, llegado el momento, la familia es esa sustancia que no se transforma, que permanece de una manera u otra. No sé si me hizo caso, porque en los dos últimos años había pasado más tiempo en mi casa que en la suya. Espero que ahora, que ya no le queda nada, aprenda a valorar que hasta las almas en pena pueden hacernos compañía. 

III. 

La primera vez que vi a Zelda fue en una fría aunque soleada tarde de enero. Coincidimos en el Building on Bond, un lugar de encuentro para profesionales liberales y hipsters, una cafetería de Brooklyn donde solía ir a buscar a las musas y a escribir mis artículos semanales para una publicación local. El encuentro fue casual, pero certero. Ella estaba sola, en una esquina, leyendo un libro de auto ayuda que debería haberme dado alguna pista, pero que en ese instante me tomé a broma. Qué fáciles somos ante una cara bonita cuando acabamos de perderlo casi todo. Decidí acercarme a ella sin contemplaciones.

—¿Qué harías si no tuvieses miedo?— le solté.

—Me habría acercado yo a ti—me respondió.

La conexión fue rápida y certera. Me sorprendió su sinceridad y a ella mi ingenio, así que nos sentamos juntos en una mesa pegada al cristal con vistas a la calle. Me gustó que no parase de hablar de sus cosas, porque en ese momento de mi vida, necesitaba llenar mi cabeza con cualquier discurso que no tuviese que analizar, que fuese sencillo de disfrutar y placentero de acariciar. Así era Zelda.

IV.

Caminamos juntos por Bond Street hasta que el Gonawus Canal nos cortó el paso. Ya estaba anocheciendo y nos quedamos en silencio mirando al agua. Zelda nunca llevó bien que a veces me callase y me quedase ensimismado mirando a la nada, porque ella siempre tenía que llenarlo todo con sus palabras, con su presencia. 

—Tengo que volver a casa, ya es tarde y no dejas de ser un desconocido. Lo he pasado muy bien. Eres diferente. ¿Nos vemos mañana? Misma hora, mismo lugar, pero esta vez, hablaremos de ti—sentenció.

—No me gusta hablar de mí, pero supongo que tendré que hacer un esfuerzo para mantenerte entretenida—le dije. 

—Se me entretiene fácilmente siempre que haya una buena historia que contar. Y pareces muy interesante.

—Es por las gafas de sol, que me tapan los ojos y las intenciones.

Ella asintió sonriendo, se dio la vuelta y emprendió el regreso ninguna parte. Yo me quedé un rato más mirando a la nada con la sensación de que algo me daba vértigo, no sabía exactamente el qué. Lo que sí tenía claro, era que Zelda y yo volveríamos a vernos para poder matarnos suavemente. 

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I Put a Spell On You

Todo lo que no te quise (I)

I. 

Me acordaba mucho de los veranos que había pasado en aquella casa de campo en Connecticut, como de esa canción que vuelve a la punta de la lengua cuando menos te lo esperas, de la que recuerdas casi todo, salvo los pequeños detalles. No es que disfrute especialmente de esa imagen de niña solitaria, es que cuando no tienes nada mejor en lo que pensar, los recuerdos se vuelven un pasatiempo recurrente y desafiante ante una soledad que no has elegido. A mis padres les gustaba aquel ambiente rural, una vía de escape ante el ritmo frenético y enloquecedor de Manhattan. Pero para mí, los senderos entre los árboles representaban la peor de mis pesadillas. Siempre fui miedosa, de hecho, era de esas niñas que prefería tener dolor de vejiga, antes que levantarse al baño en medio de la noche porque el amenazante pasillo que había que atravesar en casa representaba todo lo que cualquier criatura teme. Fantasmas y abandono. Y es que nunca he llevado bien la incertidumbre. Tampoco quería morir joven. Si acaso, a la edad de los padres de alguno de mis compañeros de clase, a los que veía tan aburridos, que di por hecho que a los 40 una ya ha vivido todo lo que tiene que vivir. 

No recuerdo nada de aquel lugar con especial cariño, excepto el columpio. Un neumático atado a una cuerda que colgada de la rama de un gran roble en el jardín trasero. Ese particular invento me fascinaba. No solo porque su balanceo era hipnótico, sino porque ahora, fijándome en esa fina cuerda que me sostenía, puedo comprender cómo los seres humos vivimos peligrosa y constantemente pendiendo de un hilo. Lo ignoramos porque el movimiento nos distrae, el ritmo nos mece y nuestra propia sensación de bienestar es un placebo al que nos aferramos para no darnos de bruces contra el suelo si miramos hacia abajo. Nacemos predestinados a caer. Pero allí, en ese columpio y con doce años, la vida me parecía algo más divertida que de costumbre. 

Mistery of Love


MERRICKVILLE (X). Finales infelices

Gil Murdock envió un mensaje conciso a través de su teléfono móvil.

Rue ha muerto. Colaboraba con los secuestradores. La chantajearon.

Bill es inocente. Voy en busca de Lucy.

Megan Gilmore recibió aquellas palabras como una puñalada en el corazón, pero con una pizca de esperanza. Si Gil le había dicho que iba en busca de su hija, es porque cabía la posibilidad de que hubiese sobrevivido a Dios sabe qué, y eso era todo lo que ella necesitaba para aferrarse a la vida.

Ya era de noche y Gil conducía demasiado deprisa para lo que su viejo Ford Taunus podía soportar. El coche temblaba. No es que Gil fuese un romántico de los automóviles, es que con el salario de investigar privado, ese viejo Taunus era la joya a la que podía aspirar. Introdujo las coordenadas en el GPS de su móvil y apretó el acelerador. La app indicaba que tardaría unas dos horas y media en encontrar el lugar exacto que le había indicado Rue Smith y el tiempo corría en su contra. ¿Habrían lanzado ya el cadáver de la anciana al lago? ¿Habrían matado a Lucy como venganza? ¿Habrían huido dado que su organización y sus planes habían quedado al descubierto? No, Murdock tenía poca información, pero se temía que Los Descorazonados tenían demasiado poder como para salir corriendo con el rabo entre las piernas.

Gil aparcó el coche en una cuneta y se encontró de frente con un profundo bosque. Sacó la linterna del maletero del coche y con el móvil en la mano emprendió los últimos tres kilómetros que le separan de la ubicación exacta. Allí, en un claro, Gil pudo distinguir una figura fantasmagórica que tenía una antorcha en la mano.

—Bien hecho, señor Murdock. Nos ha encontrado. ¿Qué piensa hacer ahora?

La voz de Clarice sonaba burlona. Gil se llevó la mano a la pistola, pero sintió como un enjambre de sombras se desplegaba a su alrededor. Cualquier movimiento extraño supondría su muerte y eso no entraba precisamente en sus planes.

—Dame a la niña, es inocente. He descubierto lo que hacéis, lo tengo grabado. Estáis acabados.

—¿Qué le hace pensar que Lucy está viva, señor Murdock?

No lo sabía, pero le sería más sencillo enfrentarse a todo aquello con el pensamiento de que la niña todavía respiraba.

—Señor Murdock, le voy a resumir la situación, porque creo que la vieja Rue no se la explicado bien. Los Descorazones manejamos el país a nuestro antojo. Tenemos más poder que el propio Presidente, tenemos influencia en todas la esferas, levanto un dedo y un estorbo desaparece. Nos encargamos de limpiar el desastre que muchos se han esforzado en expandir y no vamos a dejar que un idiota con gabardina crea que puede vivir su propio capítulo de Colombo.

Era cierto que lo de la gabardina quizá quedaba un poco anticuado, pero Gil se lo tomó como algo personal. Sin embargo, algo en la apariencia de aquella mujer le hizo comprender que se enfrentaba a algo mucho más grande de lo que aparentaba el teatrillo de las túnicas y las antorchas.

—Gil… ¿Puedo tutearle? No pretendo hacerle entender lo que hacemos, ni quiero que esta noche se convierta en un baño de sangre… de su sangre, para ser más exacta, así que le diré lo que va a ocurrir…

Gil estaba absorto mirando a aquella mujer, y de alguna manera, esa cara le sonaba de algo.

—Lucy Gilmore ha sido elegida para una tarea que la mantendrá ocupada el resto de su vida, o hasta que otra ocupe su lugar. Así ha sido durante siglos y así seguirá siendo. El destino del país estará en su manos y usted no puede evitarlo. Lucy Gilmore ya está muerta y solo vivirá en la memoria de sus seres queridos, mientras Los Descorazonados mantienen el orden. Yo ya he cumplido mi cometido. He encontrado a la mejor sustituta posible para mí.

De repente, alguien con capucha surgió justo detrás de Clarice y la rodeó el cuello con un brazo. En la mano contraria, el hombre sostenía un cuchillo y la hoja brillaba a la luz de la luna.

—Pero…

Gil no daba crédito a lo que estaba viendo. Ese hombre parecía dispuesto a matar a Clarice y ella sonreía.

—¿Todavía no lo entiendes, Gil? Para que Lucy despliegue todo su potencial, yo tengo que morir. Ella ocupará mi lugar.

—¿Con ocho años?—preguntó Gil.

—Tú no sabes de lo que será capaz esa niña cuando termine su entrenamiento con Los Descorazonados. No la subestimes, Gil, dentro de poco os enfrentaréis a un monstruo que ejecutará a todos los infieles para que este país resurja de sus cenizas.

Aquella era la palabra clave. El hombre encapuchado acercó su boca al oído de la líder suprema y Gil pudo alcanzar a oír solamente una pregunta.

—¿Últimas palabras?— le susurró el enmascarado.

—Vuelvo contigo, mamá.

Clarice cayó al suelo de rodillas con un corte profundo y mortal en la garganta. Duró unos segundos en esa posición hasta que quedó tumbada boca arriba, mientras se desangraba lentamente. Gil observó la escena como el final de una película triste, un drama evitable. Agarrando con fuerza el colgante que llevaba al cuello desde que era una niña, Clarice soltó un último suspiro y cerró los ojos. Ese colgante con una letra C que le recordaba a menudo lo que había sido y lo que ya nunca volvería a ser. La C que marcaba el comienzo de su verdadero nombre. Un nombre que hacía tantos años había sido olvidado por todo el mundo salvo por una persona que había dado su vida por ella hasta el último momento.

La C de Caroline.

 

Diez años después…

 

Las rosas del mes anterior estaban marchitas. El frío calaba los huesos y las rodillas se le empezaban a humedecer a través de los pantalones negros que Megan Gilmore había elegido ese día para visitar la tumba de su hija. Arrodillada frente a aquella lápida, Megan se dispuso a cambiar las flores secas por otro ramo impecable que había decorado con mimo con cintas de color rojo, el color favorito de Lucy. Mientras colocaba el ramo en su sitio, Gil Murdock se acercó lentamente para no interrumpir el momento tan íntimo que Megan vivía cada 30 días en aquel cementerio desde hacía ya diez años.

—Son preciosas.

Megan se mantuvo en silencio hasta que consideró que todo estaba en su lugar y se levantó para mirar a Gil.

—Es lo mínimo que puedo hacer por mi hija.

El dolor en aquellos ojos había dejado paso a una cortina de melancolía y aceptación. El mismo dolor que, en cierto modo, sentía Gil desde que había tomado la decisión más difícil de su vida: ocultarle a una madre que el cuerpo que descansaba bajo esa tierra no era el de Lucy, que su hija estaba viva, pero que jamás volvería a verla.

—Demos un paseo, ¿sabes algo de Bill?—le preguntó Gil.

—De vez en cuando llama para hablar con las niñas, pero sigo sin querer saber nada de él. No sé dónde vive ahora ni a qué se dedica. No me importa. Para mí, murió con Lucy.

Gil observó como la rabia hacía que a Megan todavía le temblasen las manos cuando pronunciaba el nombre de su ex marido.

—Por cierto, Gil, el mes pasado crucé medio país para volver a Merrickville. Solo fui capaz de quedarme en la puerta, pero a través de una ventana me pareció ver una sombra muy parecida a la de Lucy. ¿Me estoy volviendo loca?

Empezó a llover.

—Megan, esa casa lleva años abandonada. Entiendo que fue el último sitio donde fuiste feliz, pero no vuelvas jamás.

Gil pronunció aquellas palabras sabiendo que eran en vano. Si algo había aprendido de aquella tragedia era que una madre nunca abandona a una hija.

La lluvia caía con fuerza y ambos emprendieron el camino de vuelta a sus coches. Tan absortos estaban en su conversación sobre el pasado, que ninguno de los dos se dio cuenta de que, allí, detrás de un viejo árbol, una figura femenina les observaba mientras se secaba las lágrimas con la manga y se agarraba con fuerza a un colgante con la letra L.

MERRICKVILLE (IX). La confesión

Merrickville llevaba semanas vacía, y el polvo se había acumulado en sus esquinas. Gil se llevó la mano a la pistola que llevaba en la cintura en cuanto vio aquella sombra erigirse detrás de él. No era un hombre que recurriese rápidamente a la violencia cuando surgían problemas, pero esa casa le ponía los pelos de punta y había demasiadas piezas que no encajaban. El relato de Megan le había dejado frío. ¿Era capaz un padre de estar involucrado en la desaparición de su propia hija? Gil quería pensar que no, pero su experiencia le susurraba al oído que no fuese tan inocente. Giró sobre sus tobillos y apuntó a la puerta sin pensárselo dos veces, cerró un ojo y se encorvó dispuesto a disparar a la persona que ahora mismo asomaba sus rasgos por la puerta principal. Sin embargo, lo que vio delante de él le hizo bajar el arma poco a poco y quedarse con la boca abierta.

—Usted es Rue Smith—susurró Gil.

La vieja Rue parecía un cadáver andante. Su cara se había ensombrecido y apenas podía arrastrar los pies. La luz de la luna le iluminaba una cara llena de arrugas y tristeza, una expresión que denotaba cansancio y culpa. Rue levantó una mano lentamente hacia Gil en señal de rendición y Gil sintió una lástima inmediata.

—No dispare, solo he venido a hablar con usted y a morir minutos después. Tome asiento, señor Murdock.

La voz de Rue mostraba extenuación. Dirigió a Gil hacia una sala principal con unos sillones alrededor de la chimenea y le invitó a sentarse enfrente de ella.

—He venido a contarle una historia, señor Murdock. No quiero que me interrumpa, ni que haga preguntas, porque el tiempo vuela. Lo que voy a contarle es la verdad, la única verdad y la vida de Lucy depende de que usted me crea. No tuve una vida fácil, mi marido murió joven y me tuve que hacer cargo de mis cinco hijos sola. No tengo familia ni nadie que pudiese echarme una mano, así que tuve que improvisar para sacar a mis hijos adelante. Hice pocas cosas de las que me enorgullezco y otras muchas de las que me avergüenzo, pero cuando mi pequeña Caroline despareció, mi vida cambió para siempre. Voy a ahorrarle los detalles del sufrimiento que me generó hasta que, un día, ellos se pusieron en contacto conmigo y me dijeron que Carol estaba viva, pero que ya no me pertenecía…

—¿De quiénes está hablando?—preguntó Gil.

—De Los Descorazonados, señor Murdock, una secta secreta que controla este país a su antojo. Merrickville es su lugar de caza y yo he sido la que les ha proporcionado presas durante años. Cuando me dijeron que mi pequeña Carol estaba viva, perdí el juicio, solo quería recuperarla, me olvidé de mis otros hijos, centré todos mis esfuerzos en volver a ver a mi hija pequeña y ellos me dijeron que si cumplía con todos sus deseos, la recuperaría. Y han pasado treinta años. Su voluntad era la de vigilar y secuestrar a niños con ciertas capacidades que pudiesen servir a la organización. A Merrickville siempre llegaban buenas familias, familias numerosas donde alguno de sus miembros pasaba a ocupar un cargo importante en la zona a cambio de que uno de sus hijos se sometiese a ciertas pruebas médicas. Nada se dejaba a la casualidad. El niño elegido desaparecía sin dejar rastro y de alguna forma se silenciaba a las familias y a todas las personas que osasen hacer preguntas. De lo contrario, habría otras pérdidas. Merrickville nunca ha levantado sospechas, aquí no pasaba nunca nada, y sé que le parece imposible, pero hasta ese punto llega el poder de Los Descorazonados, manejan políticos, bancos, periódicos, tienen ojos y oídos en todas las instituciones. Están por todas partes, señor Murdock. He vivido treinta años creyendo que sacrificar las vidas de todas esas criaturas me haría recuperar a Caroline, pero ya no quiero recuperarla, mi hija no querría esto, y Lucy me recuerda tanto a ella…

Las lágrimas brotaron de los ojos de Rue como si hubiese abierto un grifo. La anciana se desplomó en el sillón y sollozaba mientras Gil, abrumado por tanta información, trataba de entender lo que le había contado la señora Smith. De repente, Rue se levantó y pidió a Gil que lo acompañase hasta una habitación secreta que había en un doble fondo de un armario de la cocina. Allí, varios televisores mostraban cada una de las estancias de Merrickville.

—Las cocinas nunca levantan sospechas—pensó Gil.

—Señor Murdock, esta casa está llena de cámaras. Los Descorazones se preocupan de borrarlo todo una vez que yo entrego a una nueva víctima, pero sé cómo ponerlas en marcha y esta conversación ha quedado grabada. Sin embargo, también tienen un sistema que avisa cuando empieza una nueva grabación, así que tiene diez minutos para coger la cinta y salir corriendo.

Rue se metió la mano en el bolsillo y sacó un trozo de papel con unas coordenadas.

—Lucy Gilmore está ahí—le dijo a Gil entregándole la nota y mirándole fijamente con los ojos humedecidos.

La anciana se giró de golpe, señaló la puerta y agarró del brazo suavemente a Gil.

—Bill Gilmore es otra víctima, señor Murdock, él no sabía lo que le harían a su hija, acuérdese de mí cuando vaya a juzgarle.

—No pienso dejar que la maten aquí—dijo Gil.

—Elegí una forma infame de vivir, señor Murdock, déjeme ser valiente al menos a la hora de irme de este mundo. Coja la cinta y corra. Ya vienen.

Gil sintió la necesidad de regalarle ese último deseo, pulsó un botón, sacó la cinta de la grabadora y no miró atrás. Impactado todavía por la historia que acaba de escuchar, no podía detenerse en analizar los detalles, para eso ya no había tiempo. La vida de Lucy pendía de un hilo.

MERRICKVILLE (VIII). El secreto

—¡Es mi hija, maldita sea! ¡Me dijisteis que sólo serían unos estudios médicos!

Bill sentía que empezaba a ahogarse. Apenas podía respirar por la bolsa que llevaba en la cabeza y por lo que acaba de escuchar apenas unos segundos antes. Su hija no iba a volver a casa, había sido seleccionada para un programa especial, para formar parte de Los Descorazonados, y para, según Clarice, proteger el país de tantos indeseables que querían destruirlo. Lucy iba a ser entrenada para matar y su antigua identidad tenía que ser borrada por completo, como si estuviese muerta.

—Las cosas han cambiado. Has permitido que la estúpida de tu mujer haya contratado a ese investigador privado y nos has metido en problemas. Te dije que vigilases a la vieja y ha desaparecido. Después de todo lo que hemos hecho por ti, Bill, ¿no crees que deberías cerrar la boca por si me da por pegarle un tiro en la cara a tu hija?

La voz de Clarice era de hierro. Bill guardó silencio porque había oído hablar muchas veces de la crueldad de aquella mujer de la que ahora dependía la vida de su hija y la de toda su familia. Bill había aceptado el trato, porque en el amor, en la guerra y en la política vale todo.

—Por favor, no le hagas daño. Me dijiste que sólo usarías la inteligencia de mi hija para que formase parte de un grupo de jóvenes talentos. ¡Me juraste que mi posición no significaría renunciar a la vida de Lucy!—las lágrimas brotaron de sus ojos—. Me vais a destruir…

—Bill, el país necesita a tu hija. Tú mejor que nadie sabes lo que significa sacrificarse por el bien común, así es la política y así son los negocios. Hicimos un trato, querías poder y ya lo tienes. Tu nombre sonará en las primarias del partido y quién sabe, quizá seas el próximo Presidente, ¿a que suena bien?

La primera vez que había visto a Clarice había sido en un acto del partido hacía un par de años. No sabía nada de ella, pero le llamó poderosamente la atención que esa misteriosa mujer entrase en la sala de convenciones como si las almas de todos los presentes le perteneciesen. La siguiente ocasión en la que vio a Clarice ya fue en una sala insonorizada en algún punto del mapa cuya localización desconocía. Clarice se presentó como la representante de un importante lobby que trabajaba en el anonimato para el Gobierno. Bill oyó cómo su hija había sido monitorizada por esa secta desde que había nacido. Sabía que Lucy era especial, pero nunca se imaginaría que su hija podría proporcionarle una oportunidad como aquella. Tan solo tenía que acceder a fingir una desaparición durante unos días para que Lucy fuese sometida a una serie de estudios y entonces su futuro se iluminaría. El trato incluía la mudanza a una casa de lujo, una nueva posición que era un trampolín para su carrera política y la seguridad de que estaba haciendo lo correcto por su país.

Clarice se acercó a Bill, que estaba de rodillas en el suelo, y le levantó la cara tapada hacia ella.

—Nos has fallado y ahora la vida de tu hija y la tuya nos pertenecen. No volverás a verla y te mantendrás callado, llorando delante de su lápida en cada cumpleaños. Abre la boca alguna vez y el resto de mujeres de tu vida aparecerán ahorcadas en el puente más cercano. ¿He sido lo suficientemente clara?

Bill lloraba sin consuelo y sólo pudo elaborar una última frase.

—¿Por qué esa casa?—susurró.

Clarice se quedó pensando unos segundos. En otro momento, habría ignorado la pregunta de Bill, pero aquel hombre le parecía tan insignificante, que estaba dispuesta a darle una respuesta como quien le tira un azucarillo a su caballo.

—Porque es la casa donde yo me crié. Soy una romántica, Bill.

MERRICKVILLE (VII). Lucy

Tenía los ojos de su madre y la nariz de su padre. Sin embargo, la cabeza no la había heredado de nadie. Lucy había nacido con un cerebro perfeccionado, y los Gilmore habían recibido aquel regalo tardío e inesperado como si se tratase de una última bendición. Era el juguete de la familia, una niña afable, lejos de los tormentos de la adolescencia que ya sufrían Sarah y Elizabeth, sus dos hermanas mayores. La pequeña Lucy era el ojito derecho de su madre, pero su padre trataba de no mimarla tanto, porque Bill era el típico político que no llevaba bien que una niña fuese más inteligente que él. A sus ocho años, Lucy era despierta, atlética, ya sabía leer mejor que sus hermanas y ya tenía decidido que de mayor quería ser astronauta porque este planeta se le quedaba demasiado pequeño.

Para Lucy, la mudanza a Merrickville había sido mucho menos traumática que para el resto de la familia, porque poseía una madurez atípica en niños de su edad. Aquella casa le fascinaba, porque ya la había visto en algunos de los cuentos que había leído. Lucy era una experta en mundos imaginarios y esa casa tan grande representaba un escenario en el que podría vivir mil aventuras y en el que podría esconderse cuando a sus compañeros de clase se les fuese la mano para hacerla entender, que ellos tampoco llevaban demasiado bien que fuese mucho más lista que ellos.

Lucy encontró en Rue una cómplice, una cuidadora incondicional y una amiga. Mientras que sus hermanas se burlaron de la anciana desde el primer día que la vieron llegar ofreciendo sus servicios, Lucy la había adoptado con cariño y comprensión. Cuando llegaba a casa del colegio, iba corriendo al jardín trasero donde Rue arreglaba las flores y le contaba (casi) todo lo que le había ocurrido en el día. Rue la escuchaba como una abuela orgullosa. Lo que Lucy ya nunca sabría es cuánto la recordaba a su Caroline. Su querida Caroline, su hija menor, la luz de su vida, la que había desaparecido sin dejar rastro hacía ya tantos años… Pero esa era su propia historia. Una triste y oscura historia que nadie escucharía nunca.

Esa noche en la que fue elegida, Lucy sintió cómo le tapaban la boca, pero no con violencia, fue casi como si le pidiesen disculpas por el destino al que la estaban condenando. Aquellas manos amigas la iban a conducir a un infierno. Lucy aprendería demasiado pronto a no confiar en nadie, ni siquiera en su propia familia.

MERRICKVILLE (VI). Los Descorazonados

Los bordes de las capas se arrastraban por el suelo barriendo el polvo y el cargo de conciencia. Allí no existía la misericordia ni la duda. Las capuchas les tapaban casi toda la cara, dejando descubierta la boca por la que, de vez en cuando, se escapaban algunos susurros. Aquel lugar escondido en medio del infierno siempre estaba en penumbra y Los Descorazonados apenas podían interactuar entre sí. Quedaban pocos días para la gran ceremonia, y los tributos esperaban su momento encerrados en sus celdas. Eran malos tiempos para Los Descorazonados, cada día era más complicado encontrar a personas que entendiesen y asumiesen que su causa era la única que podría salvar al país de una inminente destrucción a manos de los infieles, es decir, de los negros, los intelectuales, los líderes religiosos liberales, los homosexuales, los marxistas… Las amenazas eran muchas y se mostraban con diferentes caretas.

En su despacho, Clarice, lideresa suprema de Los Descorazonados, daba vueltas alrededor de la mesa y se acariciaba la barbilla como si de un gato se tratase. Los Descorazonados llevaban siglos escondidos, así tenía que ser, pero Clarice podía oler el peligro a kilómetros de distancia. Elegían bien a sus soldados. Antes, se limitaban a reclutar a individuos con un físico envidiable, pero con una mente débil. Así, la medicación que les administraban durante el primer año tenía un efecto prácticamente inmediato. Aquella droga, desarrollada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, era lo más parecido a una lobotomía que el hombre había inventado. Años después, los métodos de esos demonios alquimistas no habían caído en el olvido. Sin embargo, y desde que Clarice se hiciese con el bastón de mando, las cosas habían cambiado. Ahora las presas eran más pequeñas, pero mucho más inteligentes. La medicación se había perfeccionado hasta el punto de que se era capaz de adiestrar mediante la psicología, o, si el recluta se resistía, mediante tortura, pero sin afectar a sus capacidades cognitivas. Ese avance había hecho que Clarice fuese intocable por los de arriba. Porque sí, Clarice también tenía jefes. En este mundo globalizado donde la tecnología dominaba por encima de las capacidades humanas, Clarice necesitaba que sus esbirros desarrollasen mentes brillantes y ya no sólo fuesen zombies adiestrados, sino fanáticos superdotados. Clarice apretó un par de números de su interfono y cinco minutos después, dos encapuchados entraron en su despacho.

—Informadme de la situación, dentro de seis meses una nueva familia llegará a Merrickville, ya está todo apalabrado. Necesitamos que las aguas estén tranquilas. ¿La habéis encontrado?

—No, señora, esa vieja se ha marchado sin dejar rastro —dijo uno de ellos.

—Además, bueno, ha surgido otro pequeño inconveniente— la voz del otro individuo temblaba como la de un niño que está apunto de confesar que ha metido al gato en la lavadora—. La madre se ha puesto en contacto con un investigador privado, pensábamos que todo estaba bajo control, ya sabe, que nuestro infiltrado la mantendría con la boca cerrada y que la policía haría su trabajo, pero parece que algo ha fallado…

El disparo fue letal. El ruido de la bala atravesando la cabeza de ese hombre se apagó en cuanto Clarice, guardando el arma bajo su túnica, emitió su sentencia:

—Los Descorazonados no cometen fallos, imbécil.

—Mi señora, tengo a mi equipo trabajando sobre el terreno— comentó el otro— . Ya sabe, son perros cazadores, le prometo que la encontraremos en menos de 24 horas.

—Espero que así sea— dijo sin apartar la mirada del charco de sangre que ya se había formado en el brillante suelo de piedra—. Merrickville ha sido nuestro granero desde hace años y no me gustaría tener que quemarlo porque esa anciana haya decidido matar a su hija en este preciso instante. ¡Lárgate!

El encapuchado hizo una reverencia y se dirigió hacia la puerta…

—¡Espera!— gritó Clarice— Manda alguien a que limpie mi despacho. Odio el olor de la sangre por la mañana.

Cuando se quedó sola, Clarice no estaba ni mucho menos tranquila, aunque ese cuerpo tirado en el suelo le hacía sentirse poderosa. Su gran obra se tambaleaba ante sus ojos y no estaba dispuesta a permitirlo. Clarice se llevó la mano al cuello y jugueteó con un pequeño colgante. Ese ritual siempre le calmaba cuando estaba nerviosa. Entre sus dedos, una chapita con una “C” brillaba cuando le daba la luz. Y ese era el único momento en el que Clarice volvía a sentirse humana.

MERRICKVILLE (V). Megan

La esposa de Bill Gilmore no aparentaba ya los 45 años que tenía. Antes los llevaba bien, con gracia, con maquillaje y con una belleza natural que había conquistado a Bill desde que coincidieron en una fiesta en el campus hacía una eternidad. Ahora, esos 45 años los llevaba sobre los hombros y le pesaban en el alma. Desde que Lucy había desaparecido, Megan Gilmore había envejecido considerablemente, se empezó a arrugar y cambió el maquillaje por unas ojeras que le combinaban con la oscuridad de su mirada. A Gil le pareció que aquella mujer arrastraba muchos lastres, pero él no era, ni mucho menos, un experto analista del género femenino.

—Necesito su ayuda.

A Gil Murdock le sorprendió la entereza y la serenidad de la voz de Megan. Allí, en la puerta de su oficina, aquella mujer era lo más parecido a una viuda negra que Gil había visto en su vida. Era una madre negra. Gil había llevado ya algunos casos de desapariciones, e incluso algún asesinato, pero nunca había tenido ante sí a una madre a la que, a pesar de tener dos hijas más, se le había apagado la vida de esa manera. Gil entendía algo de psicología y el dolor de aquella mujer le traspasaba la carne.

—Pase y siéntese — dijo Bill señalando una silla al otro lado de su escritorio.

—Soy Megan Gilmore. Mi hija Lucy desapareció hace un mes y la policía todavía no maneja siquiera una lista de sospechosos. Dicen que siguen trabajando en ello y que están siguiendo varias pistas, pero yo no les creo. Por alguna razón, han dejado de buscarla, mi hija ya no forma parte de sus prioridades y le ruego que nos ayuda a mí y a mi familia. Mi hija está viva, lo sé, lo presiento.

Un mes. Las posibilidades de encontrar con vida a la pequeña Lucy eran prácticamente nulas. Las primeras 72 horas suelen ser vitales, ya que permiten extremar las medidas para encontrar a la persona desaparecida. Básicamente, porque es posible que aún esté cerca del hogar o del lugar de la desaparición, más aún en casos de niños. Las pruebas pueden estar al alcance de la mano y los testimonios suelen dar ciertas claves… Pero un mes era una eternidad.

—Señora Gilmore…

—Llámeme Megan —le espetó.

—Quiero ser claro con usted. Estoy al tanto del caso por lo que he leído en la prensa y porque tengo algún conocido en la comisaría. Encontrar a su hija con vida sería un milagro. Quizá la policía lo sepa y haya bajado el ritmo priorizando otros casos más importantes. Yo no quiero aprovecharme de su dolor para cobrarles por mis servicios y entregarles un cadáver en mano, no me dedico a eso —Gil nunca había gozado de mucho tacto, pero se le encogió el corazón ante la mirada de Megan cuando pronunció la palabra “cadáver”— así que prefiero no aceptar el trabajo.

—Señor Murdock, hay algo que todavía no le he dicho a la policía…

Gil había tenido claro durante todo ese rato que el caso Lucy Gilmore no iba a formar parte de su larga lista de investigaciones hasta que aquellas palabras brotaron como un susurro tímido de la boca de Megan.

—¿Y qué es? —preguntó Gil.

—Creo que mi marido está involucrado en la desaparición de mi hija.

MERRICKVILLE (IV). La vieja Rue

Tenía las manos parecidas a las de un viejo y experimentado pescador noruego y padecía una ligera cojera de nacimiento. Rue Smith había vivido en el pueblo durante toda su vida. Cuando perdió a su marido en la guerra de Vietnam, Rue tuvo que criar sola a cinco hijos: Archie, Malcom, Jim, Sasha y Caroline. Había desempeñado todos los trabajos honorables que le habían permitido sus condiciones y el poder establecido, pero también algunos de dudosa legalidad, porque el hambre apretaba y las bocas de sus polluelos no se cerraban casi nunca. Su último trabajo, adjudicado en una especie de subasta pública hacía diez años, la había llevado a ser el ama de llaves de una vieja casa a las afueras. Le dijeron que sus dueños originales era gente poderosa y terriblemente generosa con los intereses de la comunidad, así que Rue, sin hacer preguntas, se contentó con los ocho dólares la hora que le ofrecieron en el Ayuntamiento y empezó a cuidar de la casa por dentro y por fuera para satisfacción de las autoridades locales y de los nuevos inquilinos que llegaban a la propiedad y se encontraban con un regalo inesperado en forma de mujer para todas las labores y recados que requiriesen.

La familia Gilmore había sido la última a la que Rue había prestado servicio. Habían llegado a la casa un año después de que los Dawson abandonasen la propiedad para mudarse a Arizona. Rue estaba acostumbrada a las idas y venidas y también se había visto obligada a no encariñarse con nadie en el trabajo. Si algo había aprendido la vieja Rue, era que todos tenían secretos y que cuando uno vagaba por una casa tan grande como aquella, lo mejor era hacerlo en silencio. Ella también tenía muchos secretos, aunque en ese momento tenía que lidiar solo con dos. El primero, es que le había cogido mucho cariño a la pequeña Lucy. Aquella niña le recordaba mucho a su Caroline.

El segundo, que Rue Smith era el espíritu que mejor conocía los secretos de Merrickville

Mascarillas y telones

Hacía mucho tiempo que ya no había ni fantasmas ni musicales. Entre bambalinas todavía quedaban restos de atrezzo y los ecos de los últimos aplausos flotaban en el aire recordando un pasado no tan pasado ni tan extraño, donde el Teatro María Palacios no se planteaba una muerte así de cruda. El futuro, tan incierto, no era algo en lo que se pudiese pensar ahora. El presente era un misterio a resolver, para el que iba a necesitarse lupa para echar muchas cuentas y antidepresivos para olvidarse de ellas. Pedro, cuyos huesos sujetaban un cuerpo triste y aquel pequeño teatro de barrio desde hacía más de 40 años, recorrió el pasillo central del patio de butacas de las que ahora sobraban la mitad. Llevaba puesto en la cara un trozo de gasa que le tapaba la nariz y la boca, pero que le enmudecía los cinco sentidos. En ese baile de máscaras que se observaba ahí fuera, y entre Ayusos y Simones, no había lugar para gente como Pedro, ni salvavidas a la vista ni oraciones por un alma que a los 75 años ya solo recibía consejos sobre cuál era la mejor forma de morir. El virus no lo había matado, pero quizá no podría decir lo mismo del desaliento.

Miró el retrato que había en la puerta y supo que ya había vivido suficiente.

—Ay, María, si pudieses ver en lo que nos hemos convertido… La cultura se ahoga y nosotros estamos más preocupados por salir guapos en la foto del derrumbe, que en hacerle el boca a boca. ¿Te acuerdas de cuando tú y yo uníamos las nuestras detrás de ese telón? Otros tiempos. Otros clase de amor. Ya es hora de que vuelva a tu lado.

Apagó las luces y no miró atrás.