MERRICKVILLE (VII). Lucy

Tenía los ojos de su madre y la nariz de su padre. Sin embargo, la cabeza no la había heredado de nadie. Lucy había nacido con un cerebro perfeccionado, y los Gilmore habían recibido aquel regalo tardío e inesperado como si se tratase de una última bendición. Era el juguete de la familia, una niña afable, lejos de los tormentos de la adolescencia que ya sufrían Sarah y Elizabeth, sus dos hermanas mayores. La pequeña Lucy era el ojito derecho de su madre, pero su padre trataba de no mimarla tanto, porque Bill era el típico político que no llevaba bien que una niña fuese más inteligente que él. A sus ocho años, Lucy era despierta, atlética, ya sabía leer mejor que sus hermanas y ya tenía decidido que de mayor quería ser astronauta porque este planeta se le quedaba demasiado pequeño.

Para Lucy, la mudanza a Merrickville había sido mucho menos traumática que para el resto de la familia, porque poseía una madurez atípica en niños de su edad. Aquella casa le fascinaba, porque ya la había visto en algunos de los cuentos que había leído. Lucy era una experta en mundos imaginarios y esa casa tan grande representaba un escenario en el que podría vivir mil aventuras y en el que podría esconderse cuando a sus compañeros de clase se les fuese la mano para hacerla entender, que ellos tampoco llevaban demasiado bien que fuese mucho más lista que ellos.

Lucy encontró en Rue una cómplice, una cuidadora incondicional y una amiga. Mientras que sus hermanas se burlaron de la anciana desde el primer día que la vieron llegar ofreciendo sus servicios, Lucy la había adoptado con cariño y comprensión. Cuando llegaba a casa del colegio, iba corriendo al jardín trasero donde Rue arreglaba las flores y le contaba (casi) todo lo que le había ocurrido en el día. Rue la escuchaba como una abuela orgullosa. Lo que Lucy ya nunca sabría es cuánto la recordaba a su Caroline. Su querida Caroline, su hija menor, la luz de su vida, la que había desaparecido sin dejar rastro hacía ya tantos años… Pero esa era su propia historia. Una triste y oscura historia que nadie escucharía nunca.

Esa noche en la que fue elegida, Lucy sintió cómo le tapaban la boca, pero no con violencia, fue casi como si le pidiesen disculpas por el destino al que la estaban condenando. Aquellas manos amigas la iban a conducir a un infierno. Lucy aprendería demasiado pronto a no confiar en nadie, ni siquiera en su propia familia.

MERRICKVILLE (VI). Los Descorazonados

Los bordes de las capas se arrastraban por el suelo barriendo el polvo y el cargo de conciencia. Allí no existía la misericordia ni la duda. Las capuchas les tapaban casi toda la cara, dejando descubierta la boca por la que, de vez en cuando, se escapaban algunos susurros. Aquel lugar escondido en medio del infierno siempre estaba en penumbra y Los Descorazonados apenas podían interactuar entre sí. Quedaban pocos días para la gran ceremonia, y los tributos esperaban su momento encerrados en sus celdas. Eran malos tiempos para Los Descorazonados, cada día era más complicado encontrar a personas que entendiesen y asumiesen que su causa era la única que podría salvar al país de una inminente destrucción a manos de los infieles, es decir, de los negros, los intelectuales, los líderes religiosos liberales, los homosexuales, los marxistas… Las amenazas eran muchas y se mostraban con diferentes caretas.

En su despacho, Clarice, lideresa suprema de Los Descorazonados, daba vueltas alrededor de la mesa y se acariciaba la barbilla como si de un gato se tratase. Los Descorazonados llevaban siglos escondidos, así tenía que ser, pero Clarice podía oler el peligro a kilómetros de distancia. Elegían bien a sus soldados. Antes, se limitaban a reclutar a individuos con un físico envidiable, pero con una mente débil. Así, la medicación que les administraban durante el primer año tenía un efecto prácticamente inmediato. Aquella droga, desarrollada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, era lo más parecido a una lobotomía que el hombre había inventado. Años después, los métodos de esos demonios alquimistas no habían caído en el olvido. Sin embargo, y desde que Clarice se hiciese con el bastón de mando, las cosas habían cambiado. Ahora las presas eran más pequeñas, pero mucho más inteligentes. La medicación se había perfeccionado hasta el punto de que se era capaz de adiestrar mediante la psicología, o, si el recluta se resistía, mediante tortura, pero sin afectar a sus capacidades cognitivas. Ese avance había hecho que Clarice fuese intocable por los de arriba. Porque sí, Clarice también tenía jefes. En este mundo globalizado donde la tecnología dominaba por encima de las capacidades humanas, Clarice necesitaba que sus esbirros desarrollasen mentes brillantes y ya no sólo fuesen zombies adiestrados, sino fanáticos superdotados. Clarice apretó un par de números de su interfono y cinco minutos después, dos encapuchados entraron en su despacho.

—Informadme de la situación, dentro de seis meses una nueva familia llegará a Merrickville, ya está todo apalabrado. Necesitamos que las aguas estén tranquilas. ¿La habéis encontrado?

—No, señora, esa vieja se ha marchado sin dejar rastro —dijo uno de ellos.

—Además, bueno, ha surgido otro pequeño inconveniente— la voz del otro individuo temblaba como la de un niño que está apunto de confesar que ha metido al gato en la lavadora—. La madre se ha puesto en contacto con un investigador privado, pensábamos que todo estaba bajo control, ya sabe, que nuestro infiltrado la mantendría con la boca cerrada y que la policía haría su trabajo, pero parece que algo ha fallado…

El disparo fue letal. El ruido de la bala atravesando la cabeza de ese hombre se apagó en cuanto Clarice, guardando el arma bajo su túnica, emitió su sentencia:

—Los Descorazonados no cometen fallos, imbécil.

—Mi señora, tengo a mi equipo trabajando sobre el terreno— comentó el otro— . Ya sabe, son perros cazadores, le prometo que la encontraremos en menos de 24 horas.

—Espero que así sea— dijo sin apartar la mirada del charco de sangre que ya se había formado en el brillante suelo de piedra—. Merrickville ha sido nuestro granero desde hace años y no me gustaría tener que quemarlo porque esa anciana haya decidido matar a su hija en este preciso instante. ¡Lárgate!

El encapuchado hizo una reverencia y se dirigió hacia la puerta…

—¡Espera!— gritó Clarice— Manda alguien a que limpie mi despacho. Odio el olor de la sangre por la mañana.

Cuando se quedó sola, Clarice no estaba ni mucho menos tranquila, aunque ese cuerpo tirado en el suelo le hacía sentirse poderosa. Su gran obra se tambaleaba ante sus ojos y no estaba dispuesta a permitirlo. Clarice se llevó la mano al cuello y jugueteó con un pequeño colgante. Ese ritual siempre le calmaba cuando estaba nerviosa. Entre sus dedos, una chapita con una “C” brillaba cuando le daba la luz. Y ese era el único momento en el que Clarice volvía a sentirse humana.

MERRICKVILLE (V). Megan

La esposa de Bill Gilmore no aparentaba ya los 45 años que tenía. Antes los llevaba bien, con gracia, con maquillaje y con una belleza natural que había conquistado a Bill desde que coincidieron en una fiesta en el campus hacía una eternidad. Ahora, esos 45 años los llevaba sobre los hombros y le pesaban en el alma. Desde que Lucy había desaparecido, Megan Gilmore había envejecido considerablemente, se empezó a arrugar y cambió el maquillaje por unas ojeras que le combinaban con la oscuridad de su mirada. A Gil le pareció que aquella mujer arrastraba muchos lastres, pero él no era, ni mucho menos, un experto analista del género femenino.

—Necesito su ayuda.

A Gil Murdock le sorprendió la entereza y la serenidad de la voz de Megan. Allí, en la puerta de su oficina, aquella mujer era lo más parecido a una viuda negra que Gil había visto en su vida. Era una madre negra. Gil había llevado ya algunos casos de desapariciones, e incluso algún asesinato, pero nunca había tenido ante sí a una madre a la que, a pesar de tener dos hijas más, se le había apagado la vida de esa manera. Gil entendía algo de psicología y el dolor de aquella mujer le traspasaba la carne.

—Pase y siéntese — dijo Bill señalando una silla al otro lado de su escritorio.

—Soy Megan Gilmore. Mi hija Lucy desapareció hace un mes y la policía todavía no maneja siquiera una lista de sospechosos. Dicen que siguen trabajando en ello y que están siguiendo varias pistas, pero yo no les creo. Por alguna razón, han dejado de buscarla, mi hija ya no forma parte de sus prioridades y le ruego que nos ayuda a mí y a mi familia. Mi hija está viva, lo sé, lo presiento.

Un mes. Las posibilidades de encontrar con vida a la pequeña Lucy eran prácticamente nulas. Las primeras 72 horas suelen ser vitales, ya que permiten extremar las medidas para encontrar a la persona desaparecida. Básicamente, porque es posible que aún esté cerca del hogar o del lugar de la desaparición, más aún en casos de niños. Las pruebas pueden estar al alcance de la mano y los testimonios suelen dar ciertas claves… Pero un mes era una eternidad.

—Señora Gilmore…

—Llámeme Megan —le espetó.

—Quiero ser claro con usted. Estoy al tanto del caso por lo que he leído en la prensa y porque tengo algún conocido en la comisaría. Encontrar a su hija con vida sería un milagro. Quizá la policía lo sepa y haya bajado el ritmo priorizando otros casos más importantes. Yo no quiero aprovecharme de su dolor para cobrarles por mis servicios y entregarles un cadáver en mano, no me dedico a eso —Gil nunca había gozado de mucho tacto, pero se le encogió el corazón ante la mirada de Megan cuando pronunció la palabra “cadáver”— así que prefiero no aceptar el trabajo.

—Señor Murdock, hay algo que todavía no le he dicho a la policía…

Gil había tenido claro durante todo ese rato que el caso Lucy Gilmore no iba a formar parte de su larga lista de investigaciones hasta que aquellas palabras brotaron como un susurro tímido de la boca de Megan.

—¿Y qué es? —preguntó Gil.

—Creo que mi marido está involucrado en la desaparición de mi hija.

MERRICKVILLE (IV). La vieja Rue

Tenía las manos parecidas a las de un viejo y experimentado pescador noruego y padecía una ligera cojera de nacimiento. Rue Smith había vivido en el pueblo durante toda su vida. Cuando perdió a su marido en la guerra de Vietnam, Rue tuvo que criar sola a cinco hijos: Archie, Malcom, Jim, Sasha y Caroline. Había desempeñado todos los trabajos honorables que le habían permitido sus condiciones y el poder establecido, pero también algunos de dudosa legalidad, porque el hambre apretaba y las bocas de sus polluelos no se cerraban casi nunca. Su último trabajo, adjudicado en una especie de subasta pública hacía diez años, la había llevado a ser el ama de llaves de una vieja casa a las afueras. Le dijeron que sus dueños originales era gente poderosa y terriblemente generosa con los intereses de la comunidad, así que Rue, sin hacer preguntas, se contentó con los ocho dólares la hora que le ofrecieron en el Ayuntamiento y empezó a cuidar de la casa por dentro y por fuera para satisfacción de las autoridades locales y de los nuevos inquilinos que llegaban a la propiedad y se encontraban con un regalo inesperado en forma de mujer para todas las labores y recados que requiriesen.

La familia Gilmore había sido la última a la que Rue había prestado servicio. Habían llegado a la casa un año después de que los Dawson abandonasen la propiedad para mudarse a Arizona. Rue estaba acostumbrada a las idas y venidas y también se había visto obligada a no encariñarse con nadie en el trabajo. Si algo había aprendido la vieja Rue, era que todos tenían secretos y que cuando uno vagaba por una casa tan grande como aquella, lo mejor era hacerlo en silencio. Ella también tenía muchos secretos, aunque en ese momento tenía que lidiar solo con dos. El primero, es que le había cogido mucho cariño a la pequeña Lucy. Aquella niña le recordaba mucho a su Caroline.

El segundo, que Rue Smith era el espíritu que mejor conocía los secretos de Merrickville

Mascarillas y telones

Hacía mucho tiempo que ya no había ni fantasmas ni musicales. Entre bambalinas todavía quedaban restos de atrezzo y los ecos de los últimos aplausos flotaban en el aire recordando un pasado no tan pasado ni tan extraño, donde el Teatro María Palacios no se planteaba una muerte así de cruda. El futuro, tan incierto, no era algo en lo que se pudiese pensar ahora. El presente era un misterio a resolver, para el que iba a necesitarse lupa para echar muchas cuentas y antidepresivos para olvidarse de ellas. Pedro, cuyos huesos sujetaban un cuerpo triste y aquel pequeño teatro de barrio desde hacía más de 40 años, recorrió el pasillo central del patio de butacas de las que ahora sobraban la mitad. Llevaba puesto en la cara un trozo de gasa que le tapaba la nariz y la boca, pero que le enmudecía los cinco sentidos. En ese baile de máscaras que se observaba ahí fuera, y entre Ayusos y Simones, no había lugar para gente como Pedro, ni salvavidas a la vista ni oraciones por un alma que a los 75 años ya solo recibía consejos sobre cuál era la mejor forma de morir. El virus no lo había matado, pero quizá no podría decir lo mismo del desaliento.

Miró el retrato que había en la puerta y supo que ya había vivido suficiente.

—Ay, María, si pudieses ver en lo que nos hemos convertido… La cultura se ahoga y nosotros estamos más preocupados por salir guapos en la foto del derrumbe, que en hacerle el boca a boca. ¿Te acuerdas de cuando tú y yo uníamos las nuestras detrás de ese telón? Otros tiempos. Otros clase de amor. Ya es hora de que vuelva a tu lado.

Apagó las luces y no miró atrás.

La vecina

El sonido de las teclas al hundir los dedos en ellas retumbaron por toda la sala. Alice sentía fuego en las yemas. Compuso una canción con aquellos acordes irregulares y con su propio silbido, que acompañaba una melodía desacompasada para los oídos finos, pero pegadiza para los vanguardistas. Cuando decidió dejar de escribir, se encerró entre las paredes de su cabeza y solo se dedicaba a tener largas charlas con la depresión. Allí sentada, recuperó algo de vida. Escribir siempre había sido su refugio ante todos aquellos que la acusaban de hablar poco o de no decir lo suficiente para satisfacer las necesidades de los que la rodeaban. Alice no era callada, era exigente. De repente, llamaron a la puerta. Alice resopló, porque había pocas cosas que la contrariasen más que una interrupción en medio de un momento de inspiración que produciría un patético relato. Patético, sí, pero Alice era de esas personas que se reían a menudo de sí mismas.

—¡Hola! Soy Jeanne, me he mudado ahí al lado. Solo quería presentarme y decirte, que si necesitas algo, sal o consejo, solo tienes que pedirlo. ¡Encantada!

Alice cerró la puerta sin decir una sola palabra. —¿Cómo es posible que la gente tenga tanta facilidad para socializar así? Podría haber llamado a la puerta de un demente con un cuchillo en la mano, o de lo que es peor, de un humorista con una libreta nueva—pensó. Sin embargo, la simpatía de Jeanne le había removido algo en su interior. Tener una amiga en ese momento no era algo que se hubiese planteado hace cinco minutos, pero ahora que había vuelto a escribir, quizá también era hora de volver a la vida de otra manera. Alice reflexionó durante unos instantes y salió disparada. Llamó al timbre de la puerta de enfrente, y a Jeanne, con la sonrisa puesta y varios libros en las manos, no pareció sorprenderle la velocidad con la que Alice había reaccionado a tanto encanto y a tanta simpleza.

—Hola, Jeanne. Necesito un poco de sal.

MERRICKVILLE (III). Sombras

Empezó a llover. —La noche perfecta para quedarte atrapado en una casa abandonada—pensó Gil—. No sé por qué no dejo este trabajo y me mudo a Florida…

Gil siempre prefirió la adrenalina súbita que puede matarte en un instante, al placer duradero que puede provocarte años de sufrimiento. Era valiente y no tenía nada que perder. Su vida había sido sumamente aburrida hasta que la policía encontró a su padre, un importante periodista, tirado en una cuneta con un tiro en la sien. Desde entonces, su madre se había convertido en una sombra, en un ser que poco tenía de humano y mucho de espectro sobrenatural. Gil adoraba a su padre, pero nunca pudo perdonarle que se tomase la justicia por su mano acabando con su vida de esa manera. A Gil Murdock no se le conocían aventuras, amores o funerales. Su juventud había transcurrido entre libros, conferencias, reproches, intentos de suicidio imaginarios para honrar la memoria de su progenitor y soledad. Mucha soledad. Le rechazaron en Quantico y decidió hacer la clase de locura que nunca antes había hecho en su penosa existencia: tomar la iniciativa. Murdock Investigaciones era el resultado de su ira.

Gil decidió sacar la linterna, porque la luz de aquella luna era algo que habría inspirado a Poe, pero él se estaba quedando ciego. Había dejado la biblioteca a un lado y estaba dispuesto a adentrarse en la boca del lobo: la habitación de la pequeña Lucy. Si se concentraba, Gil podía imaginarse la risa de la hija pequeña de los Gilmore, mientras jugaba dentro de sus aposentos. Él no tenía hijos y todas las risas de los niños le parecían iguales. Había algo raro en aquella habitación: el orden. Todo estaba perfectamente colocado como si al otro lado de las paredes hubiese un imán tirando de los objetos y manteniéndolos rectos. No era padre, ni tío, no tenía criaturas de ese tamaño cerca, pero suponía que los niños eran desordenados por naturaleza, que era algo que formaba parte de su esencia. Había unas tortugas dibujadas en la pared. En el escritorio, varios dibujos y una brújula de juguete. En las estanterías, muñecas, peluches, todos ellos dirigiendo sus miradas al detective Murdock como si estuviesen disfrutando del espectáculo, sabedores de que ellos conocían el truco y Gil no. Al lado de la cama, una mesilla de noche con una lámpara y una fotografía donde aparecía toda la familia. Aquella imagen parecía de otro tiempo y Gil se esforzó por recordar las versiones de todos los involucrados en aquella foto por si acaso algún detalle cobraba un sentido especial.

Gil siguió con la mirada clavada en aquella fotografía prestando especial atención a unos ojos a los que había abandonado la alegría. Aquella mujer se había transformado por completo. El pelo ya no le brillaba, la piel había adquirido un tono grisáceo, la delgadez se había apoderado de ella y su sonrisa se había apagado para siempre. Por un instante, le pareció reconocer a su madre. —El amor mata—, dijo en voz alta.

A Gil Murdock todavía se le hiela la sangre al acordarse de la primera vez que vio a Megan Gilmore al otro lado de la puerta de su despacho, hacía apenas tres días.

—Necesito su ayuda.